Artículo No.5.- CONFESIONES SINCERAS PERSONALES II
- Gilberto Reyes Moreno

- 24 jul 2023
- 11 Min. de lectura

La Segunda Parte De Mis Estudios, La Secundaria:
EL INTERNADO
En la primera parte de este tema abordé la etapa de mi Instrucción Primaria y dije que le seguirían tres más en las sucesivas entregas de los artículos de mi blog, en los tres meses siguientes y que corresponderían a mi Instrucción Secundaria, Universitaria y a mi etapa Laboral. Ese mi compromiso permanece latente sólo que, con una modificación, por ahora, la que consiste en que esta vez, julio / 23, no abordaré todo lo pertinente a la etapa de mi Instrucción Secundaria, sino sólo uno de sus aspectos: Mi Paso Por El Internado Del Colegio “La Libertad” de Huaraz.
Eso, por dos razones: Primero, porque en el artículo titulado: “CONTINÚA EL ASCENSO POR LAS TORTUOSAS SENDAS DE LA VIDA, emitido en la entrega de agosto de 2021, abordé ampliamente la etapa de mis estudios de Secundaria. Segundo, porque me parece más interesante lo que les contaré sobre los avatares, vicisitudes y alegrías relacionados a mi vida como interno, en el Internado del Colegio “La Libertad” de Huaraz, durante cinco años (1953-1957).
El haber obtenido la beca y aprobado el examen Prueba Objetiva para ser admitido como estudiante de la Secundaria, me daba el derecho de gozar los beneficios que cito:
--- Ser interno. Morar en las instalaciones ad-hoc del Colegio.
--- Alojamiento gratuito.
--- Alimentación gratuita.
--- Derecho de estudios gratuito.
Tales beneficios desaparecerían si desaprobaba tan solo un curso al final de cualquier año escolar. La espada de Damocles que pendía constantemente sobre la cabeza de cualquier becario era PERDER LA BECA.
Los internos éramos un total de unos 130, la mayor parte becarios, más algunos pagantes que, estaban allí porque sus respectivos padres preferían “ese tipo de disciplina” para asegurar que sus hijos estudiasen más y mejor.
Existía dos salones que servían como dormitorio y lugar de estadía: “El Internado Chico” y el Internado Grande”, ambos ubicados en sendos segundos pisos. el primero para los alumnos del primer y segundo años y el mayor para los de los años superiores y el que era bastante más amplio y mejor ubicado, como para observar la gran Alameda del Colegio, con árboles frondosos sembrados en dos hileras
Otra singularidad del local del Internado Grande era que su piso constaba de un entablado, cuyas tablas no estaban unidas totalmente, sino separadas unas de otras por rendijas de 3 a 5 cm de ancho.
LA MINA DE ORO

Debajo del entablado existía un espacio cuya altura era de unos 40 cm. suficiente como para que pudiese reptar algún intruso que se metiera ahí.
¿Cuál era el objetivo de que algún alumno, vela encendida en mano, se metiera en ese oscuro y sucio espacio?
La razón para esa aventura era que allí, debajo del entablado, había una pequeña fortuna: Monedas de todas las denominaciones, las más codiciadas las de un sol de oro, que habían caído consuetudinariamente, por las rendijas del entablado, desde épocas lejanas, hacía esa alcancía inopinada, debido al descuido de algunos antiguos moradores de ese local.
Parecía una fuente inagotable de monedas porque cada vez que alguien entraba en ese laberinto salía, casi siempre impregnado de suciedad, pero con suficiente dinero hasta como para pagar la entrada al cinema.
Paso a narrar otros aspectos relacionados al Internado.
LA RUTINA
Me parece que es indispensable contarles la rutina acostumbrada, para un mejor entendimiento de lo que es vivir internado, o preferible, enclaustrado.
Dormíamos de 9 pm hasta las 6 am. Concurríamos a clases de 8 a 12 m. y de 2 a 5 pm. De 7 a 9 pm permanecíamos en cada uno de dos salones, estudiando y haciendo tareas. Eso de lunes a viernes.
El sábado las clases eran hasta las 11 am. Y luego había una actuación cívico cultural, con discursos, a cargo de alguno de los profesores y, normalmente, música cantada por algunos alumnos acompañados de guitarra. Estaban de moda las canciones de Los Panchos y de Los Churumbeles de España.
Los no castigados teníamos salida hasta las 9 pm. Con un intervalo de regreso, para cenar a las 6 pm.
Los domingos teníamos que asistir a la misa en la iglesia situada al lado del local del Colegio, eso era de 7 a 8 am.
Salida después del desayuno hasta las 9 pm. con retorno para almorzar y cenar.
La comida era bastante aceptable tanto en calidad como en cantidad.
El ciclo de estudios era desde el mes de abril hasta el 28 de julio, el primer semestre, luego vacaciones hasta mediados de agosto y el segundo semestre hasta aproximadamente el 15 de diciembre.
Cuento en seguida algunas anécdotas que bullen en mi cerebro cual dulces recordatorios de mi juventud, etapa de la vida, llamada Divino Tesoro, con todo acierto, por el gran nicaragüense Don Rubén Darío.
EL COMPAÑERISMO
El ser interno era muy útil, porque entre los internos existía una especie de confraternidad sincera y valiosa, que ayudaba mutuamente ya sea simplemente observando lo que los compañeros hacían o también recibiendo enseñanzas directas de los colegas de años superiores o de cualquier otro que supiese más del tema en cuestión.
Por ejemplo, en el curso de botánica, en el Primer Año, se tenía que hacer el álbum llamado HERBARIO, en el que se coleccionaba las diversas partes (secas) de otras tantas variedades de plantas, de modo adecuado y presentadas siguiendo un orden preestablecido de acuerdo con la clasificación de las plantas, hecha por el naturalista sueco Carl von Linneo (1707-1778), hoy en desuso.
Tal álbum se hacía a lo largo del año escolar y a medida que el profesor avanzaba con la enseñanza del curso de botánica. No era simplemente una colección de partes de plantas, era también una meticulosa obra de arte para que su presentación tuviese algo más de valor.
En el Segundo año se hacía EL ÁLBUM DE ZOOLOGÍA, cuyo formato era bastante similar a la del herbario, pero que consistía en figuras de animales, de acuerdo con la clasificación de ellos y a la de secuencia de su estudio.
Para realizar esos trabajos y otros, cuánto me sirvió ser interno: Observaba cómo es que otros, los mejores, los hacían y yo les imitaba y tratando aún de superarlos.
NOTA IMPORTANTE: He narrado casi minuciosamente lo relacionado con loa álbumes HERBARIO y ZOOLOGÍA para enfatizar el hecho de que era uno de los medios de aprendizaje más importantes para el cabal entendimiento del Reino Vegetal y del Reino Animal, pues veíamos en la práctica cómo eran las raíces, tallos, hojas, flores y frutos de las plantas y lo mismo los diversos animales que existen en los diferentes hábitats de la Tierra.
Me pregunto si actualmente la enseñanza de esos dos cursos provee al alumno de los conocimientos acerca de esos seres vivos que son tan indispensables complementos para la vida del hombre.
EXCELENTE APRENDIZAJE COGNOSCITIVO Y LA PRÁCTICA DE LOS VALORES DE NUESTRA CIVILIZACIÓN.
Mis cinco años de estudios de la Instrucción Secundaria fueron de excelente aprendizaje de diversas materias, con profesores dotados de profundo conocimiento no sólo del curso que enseñaba sino también de otros casi con igual certidumbre. No sólo eso, sino que, tanto el Internado como el Colegio en general, me sirvieron como escuelas de aprendizaje para la convivencia social, tal vez, aún más significativo que lo relacionado al intelecto.
Lo que aprendí en ese gran colegio me ha servido mucho en mi etapa de estudiante universitario y, sobre todo, en mi (larga) vida toda. Mil gracias a aquellos verdaderos apóstoles de la enseñanza, sin cuyo legado, estoy seguro de que no hubiera logrado ascender hasta donde me ha sido posible hacerlo.
Tengo algo más que decir: El Internado del Colegio “La Libertad” de Huaraz era muy diferente al que nos cuenta nuestro Premio Nobel de Literatura, Don Mario Vargas Llosa, en su libro “La Ciudad y los Peros”, que lo lanzó a la fama, en el que narra las vivencias y comportamientos, no siempre tan sanctas, de los cadetes del Internado de “El Colegio Militar Leoncio Prado”
En el de Huaraz, se cultivaba la decencia, la honorabilidad, el respeto mutuo; es decir los valores de nuestra cultura occidental. Mientras que, en el otro, aparentemente, no era tanto así.
TAMPOCO TODO ERA COLOR DE ROSA
No afirmo tampoco que todo era color de rosa en nuestro internado, no faltaban las mataperradas propias de esa etapa de la vida de los hombres, mas eran exentas de maldad alguna que mancillara el honor y el privilegio de ser estudiantes de Secundaria, vedada a la mayoría de la juventud de ese entonces y, lastimosamente también a mucha de la actualidad.
Me parece honesto contarles acerca de las mataperradas que acabo de citar.
Pero, previamente debo de informarles que existía los inspectores, o auxiliar de educación como más les gustaba ser llamados, que estaban encargados de cuidar la diciplina en todo el Colegio, un inspector por año de estudios, total 5 más su jefe llamado Regente. Una de sus misiones más importantes era el cuidado del comportamiento de los internos, que lo hacían turnándose cada 24 horas. Dormían en el local Internado Grande y desde allí observaban también a los alumnos del Internado Chico.
Algunas, pocas, veces no iban a dormir al internado por razones familiares o de cualquier otra índole.
Era entonces que la algarabía, desorden, descalabro, etc. cundía en los dos salones del internado.
LAS ENCOMIENDAS

Con cierta frecuencia algunos internos recibíamos encomiendas enviadas por nuestros respectivos familiares, léase madres, consistente principalmente en panes, queso, mantequilla, chicharrón de cerdo, jamón, etc. dependiendo de dónde procedían. Por ejemplo, los quesos y mantequillas venían de Chiquián, a los muchachos del Callejón de Huaylas les llegaba frutas, entre otros considerados manjares por nosotros, siempre golosos y con el gran apetito típico juvenil.
El motivo por el que este hecho, algo prosaico, ocupe estas líneas es porque, como en todo grupo humano, en el internado había una variedad de comportamientos: Unos eran generosos, otros no tanto y algunos absolutamente tacaños, si este adjetivo cupiese para calificar a los que no compartían sus encomiendas con, por lo menos, sus vecinos de cama o con sus amigos.
A los del grupo nombrado no les iba tan bien como ellos hubiesen querido.
Existía en el Internado una inveterada costumbre de quitarles sus encomiendas, a aquellos, robándoselos.
¡¿Y cómo es que era eso?!
Simplemente que alguien “se enfermaba”, se quedaba en la cama y no asistía a clases y, provisto de una sarta con todo tipo de ganzúas, coleccionadas a través de los años, abría cualquier candado o cerrojo por más sofisticado que fuese, y se apoderaba de toda la tan ansiada encomienda. La repartición de lo robado lo hacia el “enfermo”, milagrosamente ya sano, entre sus amigos, conocidos, posibles delatores y más
Al agraviado, generalmente primerizo en el internado, no le quedaba más que repartir su encomienda la próxima vez que la recibía.
LA ESCAPADA

Cierta vez de esas noches nos escapamos unos 8 alumnos del Internado Grande, para ello bajamos al primer piso colgándonos mediante sábanas atadas unas a otras.
Nuestra intención era irnos a jugar billar, cuyo local nunca cerraba, luego a alguna cantina para beber “fantiol”, una bebida mezcla de la gaseosa fanta con alcohol (pisco barato) y jugar casino, “el siete y medio”, tan popular en ese entonces, apostando el poco dinero que poseíamos.
Ya estábamos en la etapa final descrita, ¡cuando un policía entra a la cantina!
Tratamos de disimular, esconder la baraja de casinos, hacernos los distraídos, etc. fue cuando el señor policía, como empezamos a llamarle, nos dice: No se preocupen muchachos, sigan nomás. Palabras que nos animaros a continuar. El señor policía se nos acercó, jaló una silla cerca y se sentó en la mesa junto con nosotros. Nos pidió que le dejásemos jugar a él también. Así fue, le ganamos varias partidas y todo era felicidad. Pero eso no duró mucho tiempo porque el señor policía empezó a ganar y ganar sin parar, hasta “pelarnos” y quedarnos sin un centavo. El señor policía se levantó y, deseándonos buenas noches se paró y, se fue.
El retorno al internado fue horrible ya que no podíamos subir al piso superior porque la puerta estaba cerrada CON CANDADO.
Felizmente se le ocurrió a uno de los escapistas gritar solicitando la sarta de ganzúas, ya conocida por ustedes mis amables lectores, y una de ellas nos salvó de quedarnos afuera hasta que amanezca, nos descubran la huida y, tal vez, ¡hasta nos expulsen del Colegio!
UNA CAJA DE CERVEZA PARA TODA LA MUCHACHADA DEL INTERNADO
Esta palomillada, porque esa fue al final de cuentas la cometida por uno de nuestros colegas internos quien, en una de esas noches de retorno al internado, al pasar frente a la puerta de una casa donde vendían cerveza en cajas de 12 botellas, se percató de que nadie podía impedirle que sustrajese una de esas cajas de cerveza expuestas cerca de la puerta.
No lo pensó dos veces y se nos presenta con su caja al hombro. Nos dimos un festín como nunca bebiendo todos toda la cerveza.
Allí no paró la cosa.
Cierto tiempo después de aquella fechoría, el mismo alumno pasaba frente a la misma puerta abierta y con la misma ruma de cajas de cerveza y con el mismo deseo de alagarnos, con otro baño interno con tal bebida alcohólica, se introdujo por la invitadora puerta y ¡zaz! aparecen tres jóvenes seguidos por otro mayor y ¡lo pescan al ladronzuelo! Y se lo llevan a la Comisaría. ¡Le habían tendido una trampa!
Nosotros, en el internado, no sabíamos nada de nada. Nuestro querido y cleptómano colega no se presentó esa noche de domingo a dormir en el internado.
Varios días después supimos lo que ya les he contado, pero no comprendíamos de qué modo nuestro buen amigo salió ileso del tremendo problema en el que se había metido. Al parecer sus padres actuaron del mejor modo posible para demostrar que todo se trataba nomás de una mataperrada, sin otro componente de maldad alguna. Es muy posible que la policía lo comprendió así y … colorín colorado, esta historia ha terminado. (Aunque falta algo más por contarles)
A PUNTO DE PERDER LA BECA
Esta es otra historia non sancta.
En el primer año de estudios nos pasamos sólo jugando fútbol y beisbol durante las horas de las clases del curso de Educación Física. Nada más que esa libre condición, tan grata para nosotros, durante casi todo el año de estudios.
Luego es que vino la cuchillada, al fin de año, cuando el profesor nos sorprendió con un conjunto de pruebas físicas de atletismo y otros que deberíamos de aprobar para obtener la nota final del susodicho curso. Tales “exámenes” empezaron a mediados de noviembre.
No pueden ustedes imaginarse lo asustados que estábamos los internos becarios del primer año, porque la gran mayoría de los alumnos estábamos lejos de poder pasar las absurdas vallas impuestas por el profesor para cada una de las pruebas físicas que deberíamos de aprobar (Salto alto, salto largo, salto triple, salto con garrocha, carrera de 100 metros planos, carrera con vallas, etc.)
Nadie, excepto uno, de nuestra clase, era capaz de vencer algunos de esos límites impuestos por el profesor. Ese único alumno era jugador de fútbol de la selección del Colegio y bien dotado físico y atléticamente.
En cada una de las dos horas semanales de clase, el profesor nos sometía a uno u otro ejercicio del examen, sin que la gran mayoría aprobase esas pruebas. Cuando alguien lograba pasar la valla requerida, el profesor colocaba una cruz en la línea de su cuaderno que correspondía al nombre del alumno afortunado. Había ciertamente muy pocas cruces.
Es aquí donde, el mismo alumno de la cerveza, nos llama a cuatro de sus amigos y nos dice: “He logrado abrir el candado de la puerta de la oficina del profesor XXX (el de educación física). Podemos ponernos cruces en su cuaderno de lista”
Fue una propuesta descabellada, pero estábamos tan asustados por la posibilidad de no aprobar ese curso y, por tanto, ¡PERDER LA BECA!
Después de mucho vacilar … finalmente decidimos hacer lo incorrecto y nos marcamos, cada uno de los cinco, algunas cruces en tantas pruebas como creímos necesarias para no ser desaprobados en el examen respectivo.
Ese acto doloso fue la noche de un sábado.
El hecho aun más absurdo es que a alguien de los malhechores se le ocurre la idea de que, tal vez, no marcamos suficientes cruces … y que sería mejor asegurarnos colocándonos aún más cruces. Idea que fue aprobada y llevada a la realidad la noche del domingo.
En la lista de alumnos en el cuaderno del curso de Educación Física había unos cinco alumnos con más cruces aprobatorias que las del mismísimo atleta ya mencionado.
Lo que vino después es fácil imaginarse: En la clase siguiente el profesor no sólo que se sorprendió, sino que, furioso quiso saber cómo es que tan absurdo caso hubiese sucedido, nos llamó uno en uno a los cinco mal hechores y no tuvimos otra opción que confesar todo ante la sorpresa, y risas, de nuestros compañeros de clases.
La vía crucis de nosotros cinco recién empezaba.
Estábamos perdidos.
Ninguno se atrevía a opinar nada.
Finalmente, bastante más tarde, uno de nosotros cinco expone una posible solución: Que pidiésemos permiso para salir del internado después de la cena e ir a la casa del profesor para rogarle que nos perdonase.
Es así como estamos frente a frente con nuestro profesor manifestándole que nuestra dolosa actitud fue debido al temor de perder nuestras respectivas becas si es que no aprobábamos su curso, ya que estábamos seguros de que no íbamos a ser capaces de vencer las vallas de tales pruebas atléticas.
Nuestro profesor nos dijo que había estado dispuesto a jalarnos (desaprobarnos) en su curso, pero en vista del mal que eso nos causaría se conmiseraba de nosotros y nos dijo que nunca jalaba a sus alumnos y que las pruebas duras eran sólo para saber quiénes podrían ser elegidos para competencias atléticas futuras a nivel nacional.
Bien, era necesario contarles también ciertas aristas negativas de mi paso por el gran Colegio “La Libertad” de Huaraz. Lo hecho, hecho está.



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